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EL
SUEÑO
El sol va desapareciendo,
y poco a poco, el manto de la noche va cubriendo la ciudad de Tebas. Paulatinamente
va remitiendo el calor sofocante, y la ciudad vuelve a la vida.
Antes de que el sol se oculte, ella va cada día con su madre a esperar
al más mayor de sus hermanos, que asiste al Templo para aprender el oficio
de escriba.
Pero sus ojos buscan entre los aprendices a uno en especial, aquel que le provoca
un sentimiento de amistad distinto a lo que había conocido hasta ahora.
Ahí está, su poeta.
Se miran, sonríen, y toman caminos opuestos, aunque saben que minutos
más tarde van a encontrarse bajo las acacias que hay cerca del río,
donde su intimidad está libre de miradas y habladurías.
Cada tarde ansía volver a verlo, y charlan durante horas sobre sus cosas,
él le escribe poemas, le dice las cosas más hermosas que ella
haya oído en su vida. Es algo maravilloso. La hace sentir, reír,
llorar...
Él es su espejo, su otro yo, es la mitad que la complementa desde que
en tiempos remotos, los dioses separaron las almas de cada ser en dos partes
semejantes, que desde entonces se buscan eternamente y rara vez se encuentran.
Esta vez, el destino les había sonreído y los hizo encontrarse.
Pero ella sabía, desde el principio, que su bella historia no duraría
para siempre, que algún día él tendría que partir
hacia otras tierras, y ella quedaría allí, con el alma rota de
nuevo, esperando que llegara la hora de reencontrarse.
Pero, pase lo que pase, dejará en ella una huella imborrable, y un sentimiento
especial que perdurará más allá de la muerte.

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